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22 julio, 2013

EL CERRO DE SAN MIGUEL (II). UN TOQUE DE ATENCIÓN.


Volvemos al Cerro de San Miguel, del que ya puse una entrada hace tiempo, concretamente el once de enero de 2012. Un lugar siempre recomendable para volver en el que la vista se hipnotiza como cuando uno se puede pasar largas horas mirando el mar. Aquí no hay olas que nos remansen, sino simple paisaje granadino, tan lleno de contrastes y, sin embargo, tan unitario en la conjugación de sus elementos. Unas vistas que, al tiempo que calman el pensamiento,  te invitan a perderte por los montes, la vega, las calles retorcidas del Albaicín o incluso por los barrios nuevos de la ciudad. Y desde el poyete que sirve a los que miran, a la izquierda siempre la Alhambra, esa colina encallada que, a la caída de la tarde, aún intenta emular el poder que tenía en tiempos pasados, ostentosa no sólo ante los que deseaban rendirla, sino también sobre los habitantes del Albaicín.


Y a la derecha, tras la sierra de Parapanda, el sol se retira, muy despacito y con mucha fatiga (como anotó acertadamente García Lorca), y uno, aparte de sentirse agradecido de poder disfrutar de estas cosas de vez en cuando, y en un sentido más pragmático, no acaba de entender cómo esta ciudad no es capaz de promocionar y cuidar uno de sus puntos más increíbles y, por tanto, más potencialmente turísticos. Algo se reparó el entorno de la ermita hace algunos años, pero la acción de los que son  siempre irrespetuosos con el patrimonio de todos junto con la desidia del incapaz gobierno municipal (dudo yo que en Granada haya habido otro más mediocre, y sin embargo tan votado), va convirtiendo poco a poco la Ermita de San Miguel y su entorno en un lugar sucio y descuidado. Mi abuelo, cuando yo era pequeño, siempre me decía que Granada era como una persona de rostro precioso, pero lleno de churretes. Y así me sentí yo ayer mientras intentaba alegrar mi cuerpo con la contemplación casi infinita del terruño que me vio nacer.

Y es que la situación actual del lugar deja mucho que desear; por ejemplo en la limpieza de los solares que rodean a las murallas nazaríes del siglo XV, que tienen que soportar que el fuego lama sus piedras mientras la ciudad permanece insensible a lo que pasa y, lo que es peor, a lo que pudiera pasar algún día, si el incendio fuera de mayores proporciones. ¿No hay nadie en este Ayuntamiento atiborrado de cargos inútiles que haya pensado en la limpieza de los montes y solares de nuestra ciudad, sobre todo si están junto a un monumento?

He aquí más montones de hierbas secas y matorrales prestos a arder a no mucho tardar. Los turistas que estén en las torres de la Alhambra podrán entonces observar las llamas y confundirlas con la subida del Cristo de los Gitanos a la Abadía o con las señales que con antorchas se hacían desde las antiguas torres vigías con las que se comunicaba el Reino. Que no se diga que no se contribuye a dar espectáculos propios de un país bananero a los visitantes que nos buscan por eso. "Después de Salou, visite Granada, no le defraudará".

 

Unos días después de hacer esta entrada, estas brozas que vemos en la fotografía han ardido. No quisiera ser tan profético en el futuro. http://granadaimedia.com/fuego-san-miguel-alto-albaicin/

(Fotografía: Granadaimedia)

Y no, no es Salou, pero tiene casi los mismos ingredientes: gente guarra, zopenca e incivilizada que hace en sitios públicos lo que no se atreve a hacer en su casa. Latas, vasos, condones, tetrabriks y, sobre todo, esas botellas de cerveza que, en el  calor de la pesada tarde del verano granadino, son un buen ingrediente para combinar con el sol cuando está en su plenitud. Así se ayuda al monte a quemarse y a regenerarse, a lo mejor, de tanto incívico. Sin duda, se trata de una bonita puesta de sol.

Pero no sólo hay zopencos en los que visitan el entorno; también el Ayuntamiento muestra serlo cuando se deja que las papeleras de la zona sean inservibles, pues al parecer los recortes impiden que de vez en cuando alguien se apreste a retirar la bolsa, no ya repleta, sino desbocada de desperdicios. Por tanto, hasta que el Ayuntamiento cumpla con su obligación, se recomienda a los buscadores de preciosas puestas de sol que se lleven los desperdicios generados consigo hasta localizar un lugar más adecuado para ellos.

Y en las paredes laterales de la Ermita de San Miguel aparece un conjunto de factores aún más sublime. No sólo se pintarrajean sus paredes (curioso que la frase remita a la educación mientras se ataca a un edificio que no es que sea especialmente interesante desde el punto de vista artístico, pero sí desde las visiones etnográficas y paisajísticas), sino que también se le rodea con las mismas brozas con que se rodeaba a los condenados a la hoguera para que no escaparan al fuego purificador. Tal parece la función de estas brozas, salvo que quizás sea una venganza del diablo sobre el arcángel que lo vencía una y otra vez.
 
Y ya en la frontal de la Ermita, nos encontramos con estas poéticas líneas de alguien que quiere proclamar su ateísmo a los cuatro vientos y desde el punto más alto de nuestra ciudad. No seré yo quien defienda a una iglesia católica cada vez menos cristiana, pero dudo yo que el ateísmo necesite hacer proselitismo al estilo de los testigos de Jehová, y sobre todo que para ello necesite distorsionar el entorno de una ermita, tanto por el debido respeto a las creencias que cualquiera pueda tener, como sobre todo por la consideración a un lugar que es de todos los granadinos y no sólo de los fieles, pocos o muchos, que pudiera tener San Miguel. En todo caso, y buscándole algo bueno, la contradictoria y fea (en el sentido estrictamente estético ) pintada representa una especie de manifestación surrealista, poéticamente inútil y sin sentido, como contrapunto curioso a un lugar más que real, realmente inigualable. Sólo hace falta que lo cuidemos entre todos un poquito, y en ese todo incluyo a los numerosos vates que genera esta ciudad.